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Empatía


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¿Eres feliz?

-¿Eres feliz?- preguntó mientras apartaba la vista del celular.

Había permanecido en silencio, haciendo zapping, sin preguntar mucho. Atendía algunas conversaciones virtuales -imagino que más interesantes que lo que ocurría en aquel cuarto de televisión-, veía la vida pasar desde el sillón.

- Sí, supongo que sí- dije mientras hacía a un lado mi móvil.- Lo que aprendí es que debo quitarme esa idea romántica de la felicidad como estado permanente; apreciar las pequeñas cosas, agradecer...tengo piernas, me puedo mover, hablar y una fuente ingresos. Supongo que soy feliz-.

Me miró de reojo, sin aprobar lo que dije.

Hace tiempo que está en ese hoyo pero antes su ánimo fluctuaba. Ahora es un constante abismo, un hoyo negro que consume pero no se alimenta. Todo le pasa de largo, no lo atraviesa nada.

He tenido un par de días con él, casi una vida juntos. Juntamos nuestras soledades para ver algunas series, cocinar y comer con la seguridad de que si nos atragantamos habrá alguien que llame a…

Monólogo

- Hace frío, no? - dice una voz ronca, casi masculina, mientras una cajetilla de cigarros se me aproxima.
Alzo la vista.
Detesto la interrupción. Acaso no leyó "El viaje del elefante" de José Saramago? Una reina llorando es un espectáculo que debemos evitar, carajo!
La mano con los cigarros insiste. Demonio que tienta mi voluntad de dejar de fumar. Con la voz entrecortada alcanzo a decir "no, gracias". Tengo la esperanza de que las frases cortas la hagan desaparecer.
- Bueno, siempre habrá refugio para un fumador - dice como lamentándose y guarda elegantemente la cajetilla en el abrigo gris.
Apenas he querido verla. Me incomoda su presencia. Sufro una catarsis, tengo un mar de lágrimas protestando en la nariz, y a esta tipa se le ocurre venir a coquetear. Bien ha dicho mi madre que parezco machorra.
Hago el ademán políticamente correcto de la despedida y su mano me detiene. Me jala, luego me empuja hacia la banca.
- Anda, disfruta un poco el paisaje...no te parec…

La respuesta

Suena Calvin Harris. El falso café colombiano descansa en mi escritorio junto a los dos teléfonos -no, no es presunción, es la necesidad de separar por un momento mi vida personal del trabajo-.

Ayer (con los hombros desgajados de dolor, con los pies fríos y la cabeza caliente) tuve un día violento, que comenzaría con un irreversible final a la que considero mi relación más larga: trece años con vaivenes, intermitencias y silencios, pero en la compañía eterna de quien sabe que tiene un cómplice.

¿Y cómo me sentía a las tres de la tarde? Sentía frío y calor, tenía mucha hambre y respiraba con tranquilidad. No es que no me importe -porque aún hoy no puedo dejar de darle vueltas al asunto-, es que por estos días he comenzado a abrir puertas y ventanas para sentirme inmensa.

Tres cosas decreté a partir de aquella mañana que desperté lúcida y de buen humor: AMAR INMENSAMENTE, PERDONAR Y SER FELIZ. Heme aquí.

A tropiezos voy comprendiendo que no soy la medicina de todo el mundo, que no todo…