octubre 29, 2014

Si me preguntan

No tengo claro lo que es.
Y es que a pesar de los años que llevo en el ejercicio, cada vez me parece más lejano el concepto de amor.

La culpa es de los cuentos de princesas, de esos malditos escaparates repletos de química entre dos maniquíes de medidas perfectas. No es culpa de ese domingo gris en que nadie acudió a la puerta y triste, mi carta se confinó al fondo del buzón. O de esa sala de espera, testigo de la lluvia de reproches en forma de "guasáps", que anticipaba mi más triste actuación en territorio ajeno.

No creo que la culpa sea de Romeo y Julieta, de Venus y Marte, de la idea del feminismo triunfante, de la equidad de género -brillante justificación del gasto público -, del pop y sus estrellas con vidas perfectas.

La culpa es de los códigos del lenguaje, de los cómplices, de los valores entendidos, de la línea invisible entre la entrañable amistad y la idea romántica del amor y sus artilugios.

Si me preguntan, acaso atine a responder que amor es una charla sobre el trabajo con café en mano y discovery kids de fondo.

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