octubre 28, 2016

La respuesta


Suena Calvin Harris. El falso café colombiano descansa en mi escritorio junto a los dos teléfonos -no, no es presunción, es la necesidad de separar por un momento mi vida personal del trabajo-.

Ayer (con los hombros desgajados de dolor, con los pies fríos y la cabeza caliente) tuve un día violento, que comenzaría con un irreversible final a la que considero mi relación más larga: trece años con vaivenes, intermitencias y silencios, pero en la compañía eterna de quien sabe que tiene un cómplice.

¿Y cómo me sentía a las tres de la tarde? Sentía frío y calor, tenía mucha hambre y respiraba con tranquilidad. No es que no me importe -porque aún hoy no puedo dejar de darle vueltas al asunto-, es que por estos días he comenzado a abrir puertas y ventanas para sentirme inmensa.

Tres cosas decreté a partir de aquella mañana que desperté lúcida y de buen humor: AMAR INMENSAMENTE, PERDONAR Y SER FELIZ. Heme aquí.

A tropiezos voy comprendiendo que no soy la medicina de todo el mundo, que no todos están dispuestos a recibir ayuda y que no estoy facultada para declararme eficaz en los tratamientos de salud emocional. A partir de mi propio experimento he podido comprobar que nadie recibe una ayuda que no pidió, y que no hay mejor comienzo para un tratamiento que el reconocimiento del problema -con la montaña de culpas y pesares que ello conlleva-. Se requiere un montón de valor, un puño de verdad y sobre todo, soledad. En silencio he aprendido mis mejores lecciones y he podido escuchar a mi 'sensei' interior.

El año pasado recurrí a terapia psicológica -después de muchas recomendaciones- en un centro de salud público. La primera impresión fue mala porque cuando por fin reunes el valor para hacer frente al problema esperas llegar al lugar adecuado. Pues bien, pospusieron mi primera cita. Imaginé qué habría pasado si fuera un paciente con tendencias suicidas que habría recurrido a aquel lugar como un oasis en medio del desierto, desesperado, en la última fase. Me enojé mucho y esperé pacientemente el día de la nueva cita. Al llegar, luego de los trámites administrativos necesarios, me tomaron la presión, me preguntaron si había tenido fiebre y me pesaron. El chico que lo hacía generalmente tenái una cara de insatisfacción profunda, casi como todas las personas que laboraban ahí. Otro fiasco. Seguí resistiendo, aguardando a la atención del terapeuta.

Cuando al fin se abrió la puerta del consultorio, ella me dijo que la siguiera a otro consultorio, que el suyo estaba inservible. Y así comenzó lo que esperaba fuera mi tabla de salvación, justo cuando sentía que el rumbo de mi vida se había perdido al terminar la última relación con el 'hombre de mi vida', 'padre de mis hijos' y todos esos adjetivos que tontamente se le pone a un sujeto para hacerlo interesante y permanente.

No haré la historia más larga: mis estados de ánimo fluctuaban, así como los consultorios en los que me atendían. No encontré nunca el propósito de la terapia, aunque pude percatarme de que quien acude buscando soluciones en el terapeuta está equivocado. Uno va a contarse a sí mismo lo que le pasa, a reconocer sus debilidades y a elucubrar un plan para salir adelante. Por supuesto, abandoné la terapia después de un año de consultas pospuestas y repetitivas.

Creí que la terapia era innecesaria ya, tenía mis respuestas y un bosquejo de lo que sería mi vida en adelante. No me arrepiento de haber ido ni de haberla dejado. Pude superar el miedo a independizarme, y aunque no lo he logrado por completo, he comenzado a poner las bases de mi libertad. Estoy dejándome ser y permitiendo que mis partes me encuentren.

Uno decide la actitud que quiere tomar frente a la vida. Y después de tantos años de aguantar, decidí que era tiempo de tomar las riendas de mi vida. De aquí en adelante, asumo las consecuencias de mis actos. Dejar atrás anclajes burdos, resentimientos creados a partir de expectativas, rencores enraizados. Sé que soy una buena persona, que no conservo malos deseos para terceros, que si por mí fuera viviríamos en un mundo de personas felices y respetuosas. Así que decidí dar paso a esa tranquilidad, a sabiendas de que quien obra bien, no podrá más que obtener cosas buenas aún cuando vengan disfrazadas de duras lecciones.

Esta última lección fue extenuante. Comprendí que estamos de paso, no sólo en esta vida, sino en el camino de los demás. Que cumplimos ciclos, y que el mío en aquella larga y rara relación había tocado a su fin. Definitivamente no fue de la mejor manera, pero no hubo una opción: hay que ser manso, no menso. Ya no me sentía cómoda ni comprendida sino agredida y vista como alguien inferior, de anhelos risibles. Quizá, como bien apuntó mi interlocutor, todo aquello que creí leer y entender era sólo una proyección de lo que estaba pasando conmigo. Aunque podría jurar que cuando dije "estoy en paz" hablaba en serio, y creí también que no necesitaba más explicaciones.

Me sentí confrontada sin sentido, juzgada como un pobre ser con dos dedos de frente, y sobre todo, de nuevo burlada. Aquello parecía un enfrentamiento entre dos niños, el popular y el introvertido, en el que el grandulón se sentía con el derecho de burlarse de los actos del otro, en el que cada objeción era para recriminar la falta de espíritu. Y esa mañana, justo esa mañana, me sentía más tranquila que nunca porque al fin sabía hacia dónde estaban encaminados mis pasos. Porque sin hacer nada notorio, o quizá no de manera consciente, estaba aprendiendo a aceptar las cosas que no puedo controlar y a no esperar nada de los demás como gratificación a un gesto mío.

Uno no espera que su otro yo del espejo lo juzgue. Tampoco esperas estar siempre de acuerdo o aplausos de acarreados. Ese sujeto debería estar para señalar errores, emitir juicios de valor y alentarte a seguir. Y como tu otro yo, tendría que respetar tus silencios, ser paciente, saber que no siempre puedes expresar lo que está pasando por tu mente.

He aquí el problema: las expectativas. Como dije, estoy tratando de no tenerlas, pero es imposible no hacerlo después de tantos años y de tanto amor. Ahora entiendo el amor de manera diferente, en su acepción más general, esa que ni siquiera puedo explicar ahora. Pero cuando se siente, no necesitas nada más. Ahora bien, como no soy un ser de luz ni nada por el estilo, es natural para mí sentir demasiado cada emoción. Y el giro en mi estado mental de aquel día fue desastroso: pasé, sin poder evitarlo, de la sensación de paz a un estado de cuestionamiento sobre el otro. ¿Por qué me trató así? ¿Por qué no fui directo al grano con la invitación? ¿Por qué caí en el juego? ¿Por qué me sentí tan tranquila después como ahora?

Aún no puedo responder todo pero la idea que se ha clavado en mi mente es que "cada uno cumple su ciclo". Y el mío con él ha terminado.

Estuve cuando me necesitó y lo supe; estuve incluso cuando no supo decirme que necesitaba compañía; estuve, confieso, cuando no era necesaria mi presencia. A lo largo de 13 años he estado, casi siempre al llamado. He escuchado paciente, he callado lo que en realidad pensaba para no lastimarlo, para no hacer más grande su ansiedad. Prefiero ser un bálsamo para aquellos a los que amo, aunque ello no siempre suponga darles la razón.

Quizá sea la hora de dejarlo ir. He visto en sus ojos el brillo de un futuro lleno de actividades, de ideas concretadas en proyectos, una brújula que está mejor calibrada ahora. Y también he sentido que sobro, he tenido el impulso de salir corriendo de aquel lugar, con tristeza pero con la certeza de que en adelante estaremos mejor.

Prometí escribirle lo que estaba pensando, lo que me pasaba por la mente la última vez que nos vimos. Ahora lee bien: lamento ese corte inesperado en nuestras ondas de frecuencia, deseo que no necesites más bastones que tu propia convicción y que la próxima vez que coincidamos nos demos un abrazo que selle cualquier grieta.

https://www.youtube.com/watch?v=0XhSMKL8jqI

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